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jueves, 2 de junio de 2016

CRISTAL Y HUMO



Érase una vez un mundo en el que todo era hierro y cemento. Incluso los habitantes de este mundo eran de hierro y cemento, con mentes metálicas que albergaban pensamientos de hierro, y corazones petrificados que cobijaban sentimientos de cemento.




Un día, una madre dio a luz a un niño diferente, deforme. A diferencia del resto, nació con un corazón de cristal que tan sólo podía albergar sentimientos hechos de humo. Y su madre pensó que este niño, a causa de su deformidad, estaba destinado a no durar, pues estando su corazón hecho de materiales tan frágiles, tan etéreos, no tardaría en quebrarse en mil pedazos, así que se entristeció y lloró un mar de lágrimas, y sucedió entonces que este mar que brotó sin cesar de sus ferreos ojos oxidó toda su piel y todas sus articulaciones, por lo que nunca más pudo volver a moverse. En cuanto al niño, siendo tan sólo un bebe recién nacido, no supo hacer otra cosa que acurrucarse en el frío regazo de su inmóvil madre, y esperar, y esperar, y esperar, con la esperanza de que el leve ruido que hacía su corazoncito de cristal al recoger y expulsar el humo de sus infantiles ilusiones despertase algún día a su madre de su rojo letargo…




Desde ese día, en ese mundo hecho de hierro y cemento siempre se dijo que la esperanza estaba hecha de cristal y humo.



lunes, 23 de mayo de 2016

EXCESO DE POBLACIÓN




En una plaza, una algarabía de gente dispar se congrega.

Es dicha plaza un escenario desigual para tan desigual elenco de actores.

Por algunos lados parece un bosque enmarañado, un laberinto salvaje y verde, una vital confusión de ramas, de hojas y de flores de mil colores, mientras que por otros asemeja a esas idílicas y conservadoras plazas, con el césped siempre impoluto y recién cortado, y una hilera de domesticados árboles, todos equidistantes, todos iguales, y un banco debajo de cada árbol, y una papelera al lado de cada banco. Aquí puede verse una estatua de estilo tan clásico que podría ser el original de un templo de la Grecia de Pericles, y más allá puede verse una marquesina que se parece tan poco a la imagen que tenemos de lo que debería ser una marquesina que tan sólo se puede catalogar como de estilo vanguardista-modernista-retro-punk-post-apocalíptico. Vista desde un lado, parece un círculo perfecto de perfectas proporciones, pero, desde el lado contrario, se asemeja a un extraño poliedro de infinitas caras. Desde un punto de vista, parece una superficie llana y completamente plana, pero desde el punto de vista contrario, está tan llena de altibajos, elevaciones y socavones, que parecería que fue esculpida por la caprichosa mano de un gigantesco titán que hubiese jugado a apretujar y amasar la tierra como lo hubiera hecho un niño jugando con arcilla.

El escenario y su atrezo ya están montados. Pasemos ahora a los actores.

En cuanto a la humana fauna que puebla tan peculiar lugar, sólo se puede decir que es tan variopinta como lo es el recinto que los acoge.

Unos están alrededor de un orador que, subido a una silla y haciendo equilibrio sobre un solo pie, suelta una perorata sobre algún tema, profundo o banal, lo mismo da.

Otros escuchan a un músico callejero que toca una guitarra sin cuerdas, o a un poeta que recita un poema sin palabras.

Algunos discuten entre ellos en un acalorado debate, por momentos de manera aséptica y ordenada, con pasión, pero respetando, disciplinados, cada uno su turno de palabra, por momentos hablando a gritos todos al unísono para crear una molesta cacofonía.

Otros simplemente van y vienen, de acá para allá, o de allá para acá, unos cuantos a las prisas y sin mirar a su alrededor como hormigas concentradas en su labor; y, otros cuantos, paseando lentamente y saboreando a cada paso del canto de los pájaros, la forma de cada hoja, de cada flor, su aroma y fragancia, su dulzura y su frescor.

Yo estoy en medio de la plaza, observando atentamente y en silencio a cada persona que viene y va.

Y sonrío para mis adentros cuando me percato de que todas esas personas soy yo, y que esa plaza es mi vida.

Me he reinventado a mí mismo tantas veces que a veces me cuesta reconocerme entre el gentío que día a día he ido siendo, cada hora, cada minuto, hasta el punto de que a veces me pregunto quién soy yo entre todos los que veo, si quedará algo de mí entre tanto revuelo de gente que va y viene.

Y me rio de sus conversaciones:
 
- Hola yo, soy Yo.
 
- Hola yo, ¿cómo Yo por aquí?

 
- Yo no soy tú, yo soy Yo, tú eres mi yo de ayer.

 
- No, tú no eres Yo, eres mi yo de mañana, que puede al mismo tiempo ser cualquiera, ser todos y no ser nadie.

 
- Eso no tiene sentido.

 
- Tiene el sentido de que eres las decisiones que aún no he tomado, los caminos que aún no he transitado, los que elegiré transitar, y también la posibilidad de los que no elija, como un acertijo de lo que aún está por venir.


¿Soy yo realmente alguno de ellos? ¿Queda algo de mí mismo en mí mismo? ¿Soy la misma persona hoy, que está parada aquí y ahora mirando a su alrededor, que la que fui ayer y que veo deambular por los aledaños de esa plaza, con otra ropa, otro aspecto, incluso otra cara diferente?

¿Cuántos yoes puede albergar mi Yo antes de reventar de excesivo crecimiento demográfico?

A veces me gusta esta ruidosa reunión, me gusta discutir con mis otros yoes, aunque la discusión no siempre sea placentera ni civilizada, aunque me entren psicópatas ansias asesinas y deseos de estrangular a mis contertulios, que no son otro que yo mismo, pero, que, incluso en ese extremo caso, no deja de ser divertido.

En otras ocasiones, desearía borrar de la faz de la Tierra, o al menos de esa plaza que es mi mente, todo rastro de vida, todo rastro de mis otros yoes, y quedarme solo Yo, en silencio, desnudo, tumbado en la tierra fría en posición fetal, sin que nadie me moleste ni perturbe ese placentero estado de paz, tan próximo al estado de sueño o el de su hermana gemela, la muerte.

Pero, ¿quién piensa ésto? ¿quién desea ésto? ¿quién desea la paz en un momento, o la guerra en el momento siguiente? ¿cuál de mis yoes es el que puedo considerar verdaderamente mi propio Yo?

¿Soy la circunstancia casual que en un momento determinado hace ir por un camino en vez de por otro? ¿Soy el camino? ¿O soy los pies que lo caminan? ¿Qué hay de mí en todo ello? ¿O acaso estoy más allá de todo ésto? ¿Soy un ente inmutable, al margen de sus circunstancias, o soy la suma de las mismas?

Decía el sabio que el todo es mayor que la suma de sus partes. Si esto fuera cierto, he de suponer que yo soy más que la algarabía de mis yoes que en la plaza se congrega, sería todos ellos sin ser ninguno de ellos en concreto. Sería la síntesis de la tesis y la antítesis. Sería la catarsis hecha carne.

¿Quién sabe? Si tuviera respuesta a esta pregunta, tendría el secreto de la existencia humana.

Mientras no tenga respuesta, seguiré en el centro de la plaza, observando a todos mis yoes que a mi alrededor deambulan.

Deseando, por momentos, esa feliz algarabía. Y, por momentos, la paz del silencio absoluto. Sin saber nunca quién desea una cosa o la otra.


jueves, 19 de mayo de 2016

ANOCHE ME SUICIDÉ











Anoche me suicidé.


Caminé como el muerto que pronto esperaba ser hacia el cajón donde guardaba el arma.


La cogí anhelando su tacto negro contra la ardiente palma de mi mano, el frío del acero del gatillo en contacto con mi dedo tembloroso, su clara certeza de muerte contra mi oscuro desvarío sin sentido.


Apoyé su cañón contra mi sien.


Cerré los ojos.


Respiré hondo.


Disparé.


Y lo más extraño de todo es que no sucedió nada.


La bala salió de la boca del revolver como un tren sale a toda velocidad de la oscuridad del útero de la tierra hacia la luz del rojo amanecer de mi cerebro, lo atropelló, deshaciéndolo en mil pedacitos y arrojándolo fuera de mi cráneo violentamente contra la pared.


Pero no sucedió nada.


Seguí viviendo.


Miré perplejo con mis ojos que hubieran debido estar carentes de vida a mis propios sesos pintando un cuadro surrealista sobre el blanco lienzo de escayola sobre bloque.


Pensé que las líneas rojas y los pegotes grises bien hubieran podido ser firmados por Jackson Pollock.


Y también pensé que no sabía cómo podía pensar si mi cabeza estaba vacía, si un pequeño agujero de entrada y uno más grande de salida atestiguaban que había sido vaciada por completo.


Si pudiese, me hubiese sacado un ojo, y, sosteniéndolo cuidadoso entre los dedos, lo hubiera introducido por el agujero más grande, para ver si era capaz de comprender algo de lo que estaba pasando, para que mi propia vista pudiera comprobar si efectivamente si mi cabeza estaba vacía del todo, o había quedado algún resquicio de cerebro pegado al hueso que pudiera seguir pensando por su cuenta algunos últimos pensamientos.


Pensé también que quizá mi cerebro siguiera pensando en mí persona, como un yo externo que piensa en mí desde fuera de mí, aunque ya no estuviera en mí, y que lo que ahora chorreaba ante mis ojos se habría convertido en un nuevo cerebro, o en el viejo cerebro que se había reorganizado tras el caos de una bala que le había hecho el amor salvajemente, o en cualquier otra cosa que no puedo explicar con palabras, pues las palabras supuestamente deberían salir de un cerebro que ya no sé cuál es, ni dónde está, ni por qué sigue pensando en contra de mi voluntad, y mis pensamientos quizá se estaban originando en lo que una vez fueran mis sesos y mi sangre, ahora formando ese extraño dibujo en la pared, ante lo cual la pared entera, o quizá incluso la habitación, era ahora mi cráneo, un cráneo bidimensional dentro de un edificio bidimensional dentro de una ciudad bidimensional dentro de un universo bidimensional.


Si así fuera, mis pensamientos también serían bidimensionales, como una fotografía negada de movimiento y de vida, estampados contra una superficie plana, pensamientos planos.


Tendría que volver a repetirlo una y otra vez, hasta el infinito.


Tendría que volver a volarme la cabeza una y otra vez para que mis sesos ya no cupieran en esa pared, y se elevasen en diferentes capas, y tuviesen que salir de ella, chorreando hacía el suelo, hacia el techo, hacia las demás paredes, hacia todas las paredes que conforman este universo cúbico que me rodea, llenándolo y preñándolo de sesos y de sangre hasta que las dos dimensiones por fin se convirtieran en tres, o en qué se yo cuántas más, porque cuando mi cerebro adquiera el volumen necesario para llenar de sus despojos un universo cúbico completo, seguramente que ya no existirían tan sólo estas tres tristes dimensiones.


No existiría ni siquiera el espacio, ni el tiempo.


Ahí sí que sabría que al fin estoy muerto.


Pero, ¿y si después de la primera vez mi cabeza hubiera quedado irremediablemente vacía?


¿Si ya no hubiera nada dentro de ella para seguir pintando ese cuadro?


¿Y si yo realmente hubiera quedado del todo vacío, como un muñeco de trapo al que le hubieran arrancado el relleno?


¿Y si mis pensamientos quedaran así para siempre, irremediablemente planos y bidimensionales?


Esta perspectiva es tan terrible, que me suicidaría ante el espanto que me produce, si no fuera porque eso ya lo probé anoche, y no sucedió nada.


EPÍLOGO:



Una vez leí, no recuerdo dónde, que si un escritor tenía que escribir un epílogo para explicar una obra, es que no había escrito bien dicha obra, porque lo normal es que ella se hubiera explicado por sí misma, y toda explicación posterior hubiera sobrado.



En este caso, mucho me temo que mi ingenio como escritor ha tropezado con una piedra y ha caído rodando por los suelos, porque parece ser que el mensaje que quería transmitir no llegó con la claridad debida. Y diría más, parece que la analogía del suicidio ha herido sensibilidades a personas a las que leo asiduamente y aprecio mucho. A ellas, les ruego me disculpen.



Así pues, no tengo más remedio que añadir este epílogo a modo de explicación, para equilibrar mi torpe intento y corto talento a la hora de expresar lo que parece que no pude o no supe.



En realidad, todo el relato intenta ser una metáfora, a todas luces demasiado rebuscada, lo admito, sobre la entrega total del artista en el acto de crear, que pone toda la carne en el asador de su arte y se deja la piel en ello como si se dejara la vida, y después comprueba frustrado que su obra no es lo que él esperaba en su principio, Y creo que esa especie de frustración y de bloqueo creativo lo hemos sentido todos y todas alguna que otra vez. No es casual que lo que sale del cerebro del personaje se asemeje a un cuadro de Jackson Pollock. Era una pista y un claro indicio de que estaba hablando de un artista. Hubiera podido decir que contra la pared surgió un poema de William Blake, o la sinfonía de Karel Husa que usé como inspiración mientras escribía, y cuyo vídeo compartí junto con el texto por ese mismo motivo, para que el lector escuchara las mismas notas que yo escuché mientras tecleaba. Pero usé la imagen de un cuadro de Pollock porque me pareció que era lo más gráfico. Y quizá incluso resultó demasiado gráfico, hasta el punto que la metáfora quedó completamente sepultada detrás del supuesto aspecto más “gore” de la imagen simbólica.



Ya lo dije claramente en mi anterior entrada: un poeta no siempre escribe sobre lo que le sucede a él personalmente. A veces inventa un personaje. Evidentemente, yo nunca me he suicidado, ni siquiera lo he intentado. Pero sí que he vivido muchas veces ese sentimiento, permítaseme la licencia de llamarlo “paralelo”, de morir simbólicamente durante el acto de crear. Y eso mismo es lo que le sucede al personaje del relato. De ahí su miedo a quedar “vacío”, que viene a ser otra metáfora a perder la inspiración de las musas. ¿Y si ya lo he entregado todo en esta obra? ¿Y si no me queda nada dentro para una más, para la siguiente? De hecho, todos sabemos que, a veces, cuando una obra nos reclama mucho esfuerzo, después necesitamos un tiempo (la duración para cada cual es completamente subjetiva) de, digamos, recuperación, antes de volver a escribir con normalidad. E incluso puede suceder, muchas veces, que un artista no sea objetivo sobre su propia obra, llegando a ser completamente injusto con ella, y la odie y la denueste una vez concluida, e incluso la recluya en un cajón y no vea la luz hasta muchos años después.



El proceso creativo siempre es caprichoso. Y tirano, no lo olvidemos.




viernes, 22 de abril de 2016

EL FUEGO DE MIS VENAS




Me quemo por dentro
me estoy abrasando
el fuego corre por mis venas
y necesito que salga
¿qué me importa esta noche
si mi destino lo rigen las estrellas
o soy dueño de mis actos?
sólo sé que necesito excederme
sobrepasarme volar
abrir las puertas de lo prohibido
soy un fuera de la ley
un fugitivo de mis deseos
¿debo escribir estas líneas
para no matar a alguien?
sí
debo escribir estas líneas
para no matar a nadie
me sacrifico inocentemente
en el altar del absurdo silencio
algún día moriré
y no me importa no ser recordado
sino no haber vivido
al ritmo que sé que puedo
voy a estallar
si no cabalgo esta noche
el fuego se extiende rápidamente
quemando las falsas esperanzas
esta noche soy un poco más viejo
y un poco más lujurioso
apagaré todos las luces y encenderé un cigarro
quizá reinvente los mitos
del oscuro bosque de la inconsciencia
soy una bestia sedienta de sangre
¿dónde está mi parte del botín?
¿por qué me he quedado tan solo?
¿será éste mi último momento?
¿acaso me estoy muriendo?
poco a poco voy entrando
traspasando el umbral
cabalgando sobre una ola llameante
siento elevarme hacia los cielos
he estado tanto tiempo fuera
que necesito un poco de marcha
¿me estará esperando el diablo allá arriba?
creo que fue el diablo quien me enseñó el camino
¿quién me dio este fuego?
¿fue él?
¿quién rompió mi último sueño
y forjó mi alma de pecador?
¿fue él?
¿qué importan en este momento
las preguntas sin respuestas?
cantaré alto y fuerte con mi último aliento
el amor puede redimirse
o quizá me emborrache esta noche
no lo sé
exigiré mi parte del botín
o planearé un crimen
o convocaré a los muertos
para que canten conmigo
o quizá deje escapar el fuego de mis venas
e incendie esta noche la ciudad

.

miércoles, 20 de abril de 2016

ELLA ERA MAR




Siempre buscaba amantes honestos, no con ella, sino con sus propias imperfecciones, porque de hecho jamás le importó un carajo la perfección.

Nunca fui perfecto, y siempre me importó un carajo mi propia imperfección, y por eso ella me eligió, sin ni siquiera preguntarme si yo también quería.

En un principio mi orgullo de macho ibérico me espetó a gritos que no podía ser, que debía ser yo quien tomase el control de la situación.

Pero la primera vez que la vi desnuda me quedé irremediablemente sordo, y ya no volví a escuchar nunca más ni a mi ego ni a mi voluntad.

Su belleza era tan natural que era imposible no amarla como se ama el mar, su temperamento era tan impredecible que era imposible no temerlo como se teme el mar.

Ella era mar, era agua que te empapaba y sal que te escocía en los ojos, y te los dejaba irremediablemente rojos.

Ella era mar, y siempre estaban sus olas chocando contra mis rocas, deshaciéndolas lentamente por acción y efecto de una erosión constante.

Ella era mar, y resultaba imposible saber por dónde irían sus corrientes submarinas, ni cuándo levantarían una tormenta con violencia

que zarandease mi pequeña y humilde barca en medio de tanta y tanta inmensidad oceánica que me hacía sentir perdido y diminuto,

y, de pronto, todo se calmaba, y su superficie volvía a ser otra vez de un pulido azul, tranquila, refulgente de un sol que secaba mis mojados huesos.

Al final, por la práctica y la costumbre, acabé habituándome a navegar por sus aguas, a sobrellevar sus huracanes,

me hice un experto conocedor de su acuática cartografía hasta el punto que grabé en mi memoria cada una de sus playas y sus acantiladas orillas,

me convertí en un experto marinero que controlaba el timón y las velas de mi barca para llevarla hacia las aguas más seguras,

al tiempo que aprendí qué debía hacer para evitar con pericia los escollos que se escondían bajo la aparentemente tranquila superficie,

para leer las señales que auguraban un cambio en el viento, o unas nubes lejanas presagiando tormenta, o incluso una calma inusitada que deshinchara mis velas.

Y, cuando ya había aprendido todo eso y más, cuando ya me había convertido en su particular viejo lobo de mar, un día me abandonó, así, sin más.

No me dio mayor explicación, aparte de decirme que sentía la necesidad de que sus aguas regaran otras playas, que otros barcos surcaran sus aguas,

que ya se había cansado de estar siempre en el mismo lugar, y que debía marcharse siguiendo su propia corriente, para que sus olas pudieran romper en otras rocas,

todo lo cual, para ella, ya eran incluso demasiadas explicaciones: tantas palabras bien hubieran podido ser un manual de uso de un electrodoméstico cualquiera.

Y no me extrañó en absoluto, ni le reproché absolutamente nada, porque a esas alturas ya la había comprendido absolutamente del todo.

Ella era mar, y el mar es indomable, el mar no se puede contener en una botella. Es uno el que debe entregarse a él, y no él a uno, porque él es la libertad más absoluta.

La vi marchar, y me dejó sabor de salitre en los labios y escozor en mis ojos rojos, y la piel más ajada que cuando llegó el primer día.

No obstante, siempre le agradeceré que en sus aguas fue en donde me gradué como marinero experto, y la que antaño fuera una humilde barca,

hoy ya se ha convertido en un precioso y excelso navío, del cual sólo yo llevo el timón, pues soy tanto toda mi tripulación como mi propio capitán.

Ya muchos años han pasado desde que la conocí, y el tiempo ha hecho presa en mí, y hace ya mucho que a navegar no salgo,

pues mis viejos y doloridos huesos ya no soportan el vaivén de las olas, y pareciera que a quebrarse fueran cuando mi nave zozobra.

Mas, no obstante, incluso en la relajada placidez de mis años canos, hay días en que su recuerdo inevitable me moja las manos,

y una ola de mi memoria me asalta inesperada y me deja irremediablemente empapado de su olor, amargo y salado,

y me siento otra vez joven, impetuoso, capaz de navegar los siete mares de su cuerpo, de hundirme en las turbulentas aguas de su siempre insatisfecho deseo.

Mas mi rumbo extravié, y las cartas de navegación perdí, y hoy en día ya no sabría volver a encontrarla en la inmensidad del ancho mundo.

Y me tengo que a mí mismo consolar en mi ajada soledad, rememorando impetuoso aquellos años mozos en que mi quilla hendía su cuerpo.

No obstante, después de alcanzar el extasiado espasmo, me miro al espejo, y tal cual soy otra vez me veo: viejo, solitario y varado ,

esperando en oscuro astillero a que llegue la inevitable hora de mi desguace, pero con el postrero toque de orgullo en el mascarón de proa

del que no se lamenta de su destino, ni se arrepiente de haber navegado dentro y a través de ella, que acepta estoico lo que ha sido, es y habrá de ser.

El tiempo pasa, y, fría una mañana, en mi nuca noto el gélido aliento de la parca, y en ese momento  sé que la última Moira ya está afilando su tijera.

Respiro profundo, dispuesto a aceptar sin queja lo que el hado me tenga reservado, dejo que la vida se me escape, sin luchar, sin hacer nada por retenerla.

Y justo al final, en el último momento, el segundo antes de que mi vital aliento por fin abandone mi cuerpo, con mis últimas fuerzas me asalta un último pensamiento:

¿Acaso ella fue real? ¿Acaso la soñé? ¿Acaso era cálida y sólida su piel? ¿O quizá no fue más que una etérea musa que existió tan sólo en estos versos?

De seguro ahora hallaré la respuesta, después de muerto, mientras mi exánime cuerpo está siendo arrojado por la borda del tiempo.

De seguro ahora la volveré a encontrar, y por sus aguas, eternamente joven, volveré a navegar, y ya no me importará si antaño fuera o no realidad.

miércoles, 13 de abril de 2016

HOY SOY OLMO


Hoy soy olmo,
no me pidas peras.
Tal vez hoy no pueda darte
aquello que de mí tanto esperas.

Quizá mañana, quién sabe,
cargadas estén mis ramas
del fruto que de mí deseas.
Quién sabe, quizá mañana...


Pero hoy, sólo tenme paciencia.
Hoy sé sólo mi sostén
o aléjate de mi lado.
Hoy acéptame como estoy
o no te quejes si de repente te ladro.

Hoy no me pidas paz.
porque hoy sólo tengo guerra.

Hoy soy alambre de espino
clavado en esta tierra yerma.


 

martes, 12 de abril de 2016

VOSOTROS, HUMANOS (MENSAJE DE LA RATA ARQUETÍPICA)



Vosotros, humanos, que me miráis con miedo y con asco,

vosotros, que me me despreciáis como el ser más vil

y más bajo del reino animal,

que me relegáis a vivir en lo más profundo
de la más profunda cloaca,

no os dais cuenta de que yo soy
¡LA! rata arquetípica,

y como tal vivo en las arquetípicas profundidades
de vuestro subconsciente,

porque soy el reflejo de vuestra propia esencia,

y esa cloaca en la que vivo es un reflejo
de vuestro subconsciente colectivo,

en el que anidan todos vuestros terrores
más atávicos, más primigenios,

e incluso el animal rastrero
que en el fondo seguís siendo,

vosotros, humanos,

que me consideráis sucia por vivir entre la basura

no os dais cuenta de que la basura es vuestra,

de que sois vosotros los que ensuciáis el planeta,

los que contamináis los mares y envenenáis el aire

hasta hacerlo irrespirable.


Y por eso me río,

yo soy el animal sucio y despreciable,

y vosotros sois la cumbre de la evolución.


Pero yo jamás paso hambre,

pues aprendí a hacer un manjar de vuestros despojos.


Y cuando el último de vosotros haya desaparecido

de la faz de la tierra,

yo aún seguiré aquí.



Pensad en ello...

Vosotros, humanos.


lunes, 11 de abril de 2016

VERSOS AL AZAR




Puse mi verso en el arco, apunté hacia el cielo, tensé la cuerda, y lo solté.

Era mi intención tomar el cielo por asalto, y por la fuerza de mis armas conquistar el etéreo territorio.

No tenía nada claro quién sería mi enemigo, contra quién habría de medir mis fuerzas, cuales serían las defensas de su castillo, pero eso no me arredraba.

Estaba decidido a llevar mi empresa hasta el final, o a morir en el intento.

Así que esperé y esperé una respuesta oficial, una declaración de guerra.

Imaginé a un alado heraldo con estruendosa trompeta y flamígera espada que bajaba desde las alturas a reprenderme por mi ataque, o incluso a desafiarme a singular combate.

Imaginé igualmente que, tras él, un ejército de querubines cargando furiosos embestía contra mi solitaria figura, vociferando al unísono sus consignas de batalla.

Imaginé e imaginé y no dejé de imaginar.

Y mientras tanto, continué esperando, mirando hacia el cielo con extrañeza.

Pero esta respuesta nunca llegó.

No llegó una declaración de guerra.

No llegó ningún enfadado ángel a tirarme de las orejas por maleducado.

No llegó ningún mensaje de whatsapp diciéndome “lo siento, ahora estamos todos ocupados, después hablamos”.

No llegó ni siquiera un triste escupitajo de lluvia.

No llegó nada, simplemente nada.

Y allí me quedé yo, mirando hacia el cielo con cara de lelo.

Yo, que siempre había soñado con una muerte gloriosa, en batalla, mi ingenio por escudo, mis letras afiladas siempre dispuestas al ataque, me veía así ignorado por mi enemigo, lo cual es el peor insulto, cual si fuera un insecto que desafía a un elefante.

Así que, agraviado por tamaña indiferencia, decidí que me quitaría la vida.

Pero, ¿cómo lo haría?

¿Acaso saltar sobre una ardiente pira, y dejar que el fuego consuma mi carne?

Esa idea no me disgustó, pero, ¿dónde llevaría a cabo tal inmolación?

Una luz brilló dentro de mi cráneo (creo que si hubieseis atisbado a través de mi oído, la hubierais visto brillar): igual que aquel héroe de antaño, que, viendo cercana su muerte, lanzó una flecha al cielo, y le dijo a su amada que le enterrase donde aquella cayese, buscaría a ver dónde había caído el verso que, en inútil desafío, había lanzado al cielo, y ese mismo sitio, escogido por el cruel azar, sería el lugar para mis funerarios ritos.

Y así comenzó mi búsqueda.

Recorrí caminos de letras, caminé senderos de palabras, atravesé valles de frases, escalé montañas de textos, casi me ahogo en pantanos de tinta, siempre adelante, siempre sin parar, siempre en mi afán de encontrar dónde pudiese haber caído el verso que poco tiempo atrás al cielo disparé.

Y, durante esta mi peregrinación, no pude evitar el asombro de ir encontrando, a la par que caminaba, tan ingente multitud de versos que parecía infinita, clavados todos ellos en el suelo, apareciendo a mis pies, bajo mis pasos, versos que, como el mío, algún misterioso y anónimo poeta también disparó al cielo quién sabe hace cuanto tiempo.

Así que debía suponer que el mío debía estar en alguna parte perdido, mezclado entre todos ellos.

Yo, que siempre me había creído tan especial, tan tocado de la gracia divina, tan llamado a llevar a cabo valerosas gestas que perduraran en la memoria colectiva con el transcurrir de los siglos, ahora me percataba de que mi banal intento tan sólo había sido uno más entre otros cientos, si no miles, de similares frustrados intentos.

Miles de poetas, en nada diferentes a mí, también habían puesto sus versos en sus arcos, y los habían lanzado al cielo, intentando, como yo pobres ingenuos, tomarlo por asalto.

Y todos esos versos, todos, sin excepción, habían ido cayendo aquí, en el desierto del olvido, amontonándose unos junto a otros, unos sobre otros.

Buscando un lugar donde poner fin a mi vida y terminar mis días de manera gloriosa, encontré este espantoso cementerio de inspiraciones y de musas.

Y eso me produjo una tristeza infinita.

Y comencé a llorar.

Y mis lágrimas anegaron la tierra, regando las raíces de los versos que en ella estaban hundidas.

Y los versos, antes inertes, al sentir la humedad de mi alma en cada lágrima que los tocaba fueron cobrando vida.

Y florecieron.

Y lo que antes fuera un gris desierto, un triste cementerio, de repente se tornó ante mis ojos en el más hermoso de los jardines del universo entero.

Así que pensé:

Ya no me importa encontrar mi verso entre todos estos, porque ahora todos son una unidad indivisible, un gigantesco poema, un poema descomunal, tan grande como el grande y ancho mundo, al que cada uno de nosotros, pobres poetas olvidados, ha aportado su propio y diminuto verso.

¿No es este el idóneo lugar para inmolar mi carne al fuego y que mi alma por fin alcance el postrero descanso?

Así que, en medio de aquel inmenso jardín, mi cuerpo rocié con hidromiel, y lo prendí con una chispa de ingenio.

Y ardí, y las llamas se elevaron hacia el cielo, mucho más altas sin duda de lo que jamás un solitario verso hubiera podido llegar jamás.

Y así, convertido en humo y cenizas que cabalgaban con el viento, pude al fin tomar el cielo por asalto.

sábado, 9 de abril de 2016

HACER EL AMOR SOBRE LAS VÍAS DEL TREN



Hacer el amor sobre las vías del tren,

escuchando el sonido del silbato

cada vez más cerca

sabiendo que locomotora y orgasmo

llegarán a la par, sin poder hacer nada

para parar ninguno de los dos,

sin poder hacer nada por evitar

el desenlace fatal,sólo dejándonos llevar

hasta el inevitable, terrible

y a la vez tan deseado final...

MIS ÁNGELES Y MIS DEMONIOS (EXORCISMO)


Mi vida en este momento
es un campo de batalla
en el que ondean banderas ardientes,
y dos terribles ejércitos
dispuestos a despedazarse
sobre la tierra de nadie que soy yo.
Ambos bandos luchan encarnizadamente
para lograr el control sobre mi vida
sin que yo pueda hacer nada por impedirlo,
y mientras tanto,
me arrastro por el barro,
exhausto,
casi ya sin vida,
como si las patas de los caballos
de los cuatro apocalípticos jinetes
me arrollaran una y otra vez.
Me arrastro por el barro,
sintiéndome hambriento,
enfermo,
en guerra con el mundo
y conmigo mismo,
muerto.
Pero aun así me arrastro,
me debato con la que siempre parece ser
la última chispa de mi energía vital.
Y lo más increíble es que después de una
siempre encuentro otra,
por extraño que parezca,
y no dejo de luchar por alzarme
por encima del lodo
y empezar a caminar
como un ser humano.
Quizá la imagen, si la imaginas,
es dolorosamente patética,
patéticamente insufrible,
como la de un gusano que se mueve
bajo impulsos que no comprende
deseando tan sólo ser mariposa sin saber por qué,
como una marioneta que se pregunta
qué hilos la mueven.
Y si pudiera, cortaría todos los hilos,
y desplegaría unas hermosas alas
que me elevarían sobre todo lo sucio y vil de este mundo,
sobre todo lo inhumano, todo lo podrido.
Pero no puedo, y volar y ser yo mismo
se convierte días tras día en un sueño,
el sueño de una libertad que más me aprieta el pecho
cuanto más la deseo, que en cuanto más lloro por ella,
más se oculta a mis ojos tras el velo de lágrimas negras.
Y mientras tanto, tú, ahí en tu lejanía,
me miras desde detrás de tu muralla de misterio,
no dejando entrever a mi consciencia
más que la bruma de mis eternos sueños.
¿Eres real?
¿Te conocí ayer o te conocí hace ya mil años?
¿Eres tú un sueño de mi mente,
o soy yo el sueño en la mente
de algún oscuro y desconocido soñador?
¿Quién eres tú?
¿Quién soy yo?
Estas líneas que aquí escribo son un rezo y una plegaria,
son una maldición y un exorcismo...
un exorcismo, sí, un rito sagrado y confuso,
guiado tan sólo por la inconsciencia infantil y temeraria
que me terminará destruyendo
o me librará al fin de todos mis demonios interiores...
mis demonios, que me acechan detrás de cualquier esquina...
mis demonios, que me torturan
amparándose en la oscuridad en la que vivo...
mis terribles y amados demonios...
debo exorcizarlos, sí, lo sé...

Mis demonios...

...mis ángeles

...mis ángeles y mis demonios
formando un todo perfecto,
una perfecta batalla en la tierra de nadie que soy yo
bajo ardientes banderas que llaman a las trincheras,
una perfecta danza de armonía y belleza sin igual
en toda su crudeza y crueldad.
Y yo en el centro, buscando el perfecto equilibrio
en un lugar maldito en el que sé que todo equilibrio es irreal
y la armonía perfecta no existe.
Así que poco a poco voy construyendo mi propia armonía
y mi propia melodía,
creando la sinfonía de una vida y un equilibrio imperfectos,
voy creando a ciegas mi vida,
pero con sensibilidad a la música que mueve mis pasos,
sin ver el camino,
pero oyendo las señales que el destino me va dejando.
Voy poco a poco creando mi exorcismo
del peor de todos los demonios al que me he enfrentado,
el que encuentro enfrente y más allá del espejo,
mientras mis ángeles y mis demonios me miran con agrado
y me sonríen a cada paso que doy en la oscuridad,
pues su música, a veces hermosa y a veces terrible,
día tras día me va guiando,
y noche tras noche encuentro un nuevo motivo para seguir luchando,
debatiéndome entre el lodo,
y viviendo,
guiado tan sólo por la música
que me inspiran mis ángeles y mis demonios.
Quizá si tan sólo me pudiera percatar
de la eterna sabiduría implícita en todo acto de creación,
no sufriría tanto como sufro al perder aquello
que la vida me quita porque sabría
que si me lo quitó es porque ya no era mío,
y aceptaría con orgullo y dignidad los reveses del destino.
Podría dejar que todo lo viejo muriera en mí
para que pudiera nacer lo nuevo.
Así, cuando viese el horrible dragón
abrir sus fauces dispuesto a engullirme,
no ofrecería resistencia,
alzaría la cabeza, abriría mis brazos,
y me ofrecería a mí mismo
en sangriento sacrificio,
porque sólo así podría renacer dentro de él,
y el dragón y yo seríamos uno,
y el demonio vengador se convertiría entonces
en el ángel guardián.
Entonces, y sólo entonces,
se habría cerrado el círculo,
y el exorcismo sería completado.
Sólo entonces me percataría realmente
de que en verdad Él no vino a traer la paz
sino la espada,
y tú y yo podríamos estar juntos
en la soledad de cada uno
de nuestros propios mundos.