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sábado, 9 de abril de 2016

EL GRANO DE ARENA





1.



Un grano de arena sobre la palma

de tu mano puede tener nombre propio,

y personalidad, y hasta talento.

Puede creerse un genio, o que ha sido creado

con el único y exclusivo propósito de convertirse

en amo y señor del campo inconmensurable

donde vive, tu mano, y que puede hacer

con él lo que le plazca, pues es omnipotente

y todopoderoso en su mundo, es ciertamente

un dios.

Pero si lo vuelves a dejar otra vez

en el suelo, de donde lo cogiste en medio

del desierto, volverá a ser la nada silenciosa

en medio del eterno murmullo de la creación

que fue originalmente.



2.



El grano de arena es tu propio miedo,

al que le das una importancia que no tiene,

un poder que sólo de ti mismo procede,

hasta convertirlo en todo un fiero y amenazador desierto

en el que extravías tus pasos casi sin darte cuenta,

dejándote llevar por él,

sumergiéndote en sus dunas,

sufriendo bajo sus rigores,

deshidratándote bajo su implacable sol...



Cuando, si lo dejaras otra vez en el suelo,

volvería a ser no más que lo que fue originariamente:

el miedo primigenio de un niño pequeño

que aún no se ha percatado de que ha crecido

y se ha hecho adulto.



3.



El grano de arena es tu propia familia,

tus padres, tus hermanos,

todos tus parentescos,

incluso aquellos que no son de sangre,

tus otros hermanos (tus amigos),

a los que muchas, demasiadas veces

no nos unen los lazos del amor,

sino los del férreo compromiso,

los de la agenda que inevitable debemos cumplir,

las llamadas que inevitablemente debemos hacer,

las normas que nuestra vida deben regir,

los lazos del “qué dirán”, las cadenas invisibles

que nos atan a lo que se supone que debe ser,

a lo socialmente estipulado,

a lo tácitamente aceptado,

a lo políticamente correcto,

los lazos que nos ponen una máscara

de cómo supuestamente deberíamos ser,

de lo que siempre unos y otros esperan de nosotros

y a los que, por no defraudar, silenciosamente nos amoldamos,

hasta el punto que llegamos a olvidar cómo somos realmente,

olvidamos quienes somos buscando tan sólo agradar,

olvidamos hasta nuestro propio rostro debajo de la máscara,

pues la maldita está sujeta

con unos clavos de hierro tan profundos

que se adentran en lo más profundo

de lo poco que va quedando

de nuestra propia alma.



Cuando, si lo dejaras otra vez en el suelo,

volvería a ser no más que lo que fue originariamente:

una comunión sagrada

entre seres humanos

que, tanto para bien como para mal,

comparten una vida en común,

aunque tan sólo sea en este breve lapso de tiempo

que los mortales llamamos “vida”.



4.



El grano de arena es tu trabajo,

tu jefe, tus compañeros,

el reloj, el horario,

la agenda, el calendario,

la montaña de papeles encima de la mesa,

el teléfono que no para de sonar

mientras tu jefe no para de gritar,

o el cliente que al otro lado de la barra,

y siempre con una par de copas de más,

se cree que tiene derecho a hablarte groseramente,

mientras tu jefe no para de gritar,

o el pico y la pala que te miran hoscos,

el palé que por ti espera cargado de bloques

o de sacos de cemento y mortero

y hacen apuestas entre ellos

a ver cuánto tardarás en deslomarte

mientras tu jefe no para de gritar,

todo aquello que no vives,

que no forma parte de tu vida,

sino que, la más de las veces,

y por desgracia,

no es más que un simple y primitivo

acto de supervivencia animal.



Cuando, si lo dejaras otra vez en el suelo,

volvería a ser no más que lo que fue originariamente:

Tan sólo un medio de ganarse la vida honradamente, sin más,

porque en el fondo sabes que tu vida no está realmente ahí,

sino que te la encuentras cuando,

al final de tu jornada laboral,

llegas a ese mágico lugar

que es el único que realmente

consideras tu hogar,

y al llegar a su puerta respiras hondo,

y te despojas de las miserias del día

antes de cruzar, limpio otra vez, su umbral.



5.



El grano de arena es tu amor,

pero no el verdadero Amor,

el que se escribe con mayúsculas,

sino esa otra vulgar versión que de él tienes,

esa otra interpretación que te han vendido siempre,

esa que dice que en él todo siempre debe ser color de rosa,

que siempre deben notarse volando en el estómago las mariposas,

que los besos deben ir acompañados de músicas de violines,

o que, a la manera tragicómica de las novelas baratas,

morirás si no tienes a tu lado al objeto de tu amor,

no te sentirás vivo, tu corazón no laterá,

sentirás una angustia y un dolor en el pecho

que casi te hará desear estar muerto

antes que seguir sintiendo ese pesar.



Cuando, si lo dejaras otra vez en el suelo,

volvería a ser lo que siempre fue realmente,

un cosmos que lo abarca absolutamente todo

en el diminuto espacio que ocupa

tan sólo un grano de arena,

un absoluto contenido en una nada,

tan absolutamente incomprensible

en su aparente contradicción

como un océano cuyos misterios abisales

están infinitamente más allá

de toda interpretación humana,

y cuya sobrecogedora inmensidad

es imposible de retratar con humanas palabras.

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