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lunes, 11 de abril de 2016

VERSOS AL AZAR




Puse mi verso en el arco, apunté hacia el cielo, tensé la cuerda, y lo solté.

Era mi intención tomar el cielo por asalto, y por la fuerza de mis armas conquistar el etéreo territorio.

No tenía nada claro quién sería mi enemigo, contra quién habría de medir mis fuerzas, cuales serían las defensas de su castillo, pero eso no me arredraba.

Estaba decidido a llevar mi empresa hasta el final, o a morir en el intento.

Así que esperé y esperé una respuesta oficial, una declaración de guerra.

Imaginé a un alado heraldo con estruendosa trompeta y flamígera espada que bajaba desde las alturas a reprenderme por mi ataque, o incluso a desafiarme a singular combate.

Imaginé igualmente que, tras él, un ejército de querubines cargando furiosos embestía contra mi solitaria figura, vociferando al unísono sus consignas de batalla.

Imaginé e imaginé y no dejé de imaginar.

Y mientras tanto, continué esperando, mirando hacia el cielo con extrañeza.

Pero esta respuesta nunca llegó.

No llegó una declaración de guerra.

No llegó ningún enfadado ángel a tirarme de las orejas por maleducado.

No llegó ningún mensaje de whatsapp diciéndome “lo siento, ahora estamos todos ocupados, después hablamos”.

No llegó ni siquiera un triste escupitajo de lluvia.

No llegó nada, simplemente nada.

Y allí me quedé yo, mirando hacia el cielo con cara de lelo.

Yo, que siempre había soñado con una muerte gloriosa, en batalla, mi ingenio por escudo, mis letras afiladas siempre dispuestas al ataque, me veía así ignorado por mi enemigo, lo cual es el peor insulto, cual si fuera un insecto que desafía a un elefante.

Así que, agraviado por tamaña indiferencia, decidí que me quitaría la vida.

Pero, ¿cómo lo haría?

¿Acaso saltar sobre una ardiente pira, y dejar que el fuego consuma mi carne?

Esa idea no me disgustó, pero, ¿dónde llevaría a cabo tal inmolación?

Una luz brilló dentro de mi cráneo (creo que si hubieseis atisbado a través de mi oído, la hubierais visto brillar): igual que aquel héroe de antaño, que, viendo cercana su muerte, lanzó una flecha al cielo, y le dijo a su amada que le enterrase donde aquella cayese, buscaría a ver dónde había caído el verso que, en inútil desafío, había lanzado al cielo, y ese mismo sitio, escogido por el cruel azar, sería el lugar para mis funerarios ritos.

Y así comenzó mi búsqueda.

Recorrí caminos de letras, caminé senderos de palabras, atravesé valles de frases, escalé montañas de textos, casi me ahogo en pantanos de tinta, siempre adelante, siempre sin parar, siempre en mi afán de encontrar dónde pudiese haber caído el verso que poco tiempo atrás al cielo disparé.

Y, durante esta mi peregrinación, no pude evitar el asombro de ir encontrando, a la par que caminaba, tan ingente multitud de versos que parecía infinita, clavados todos ellos en el suelo, apareciendo a mis pies, bajo mis pasos, versos que, como el mío, algún misterioso y anónimo poeta también disparó al cielo quién sabe hace cuanto tiempo.

Así que debía suponer que el mío debía estar en alguna parte perdido, mezclado entre todos ellos.

Yo, que siempre me había creído tan especial, tan tocado de la gracia divina, tan llamado a llevar a cabo valerosas gestas que perduraran en la memoria colectiva con el transcurrir de los siglos, ahora me percataba de que mi banal intento tan sólo había sido uno más entre otros cientos, si no miles, de similares frustrados intentos.

Miles de poetas, en nada diferentes a mí, también habían puesto sus versos en sus arcos, y los habían lanzado al cielo, intentando, como yo pobres ingenuos, tomarlo por asalto.

Y todos esos versos, todos, sin excepción, habían ido cayendo aquí, en el desierto del olvido, amontonándose unos junto a otros, unos sobre otros.

Buscando un lugar donde poner fin a mi vida y terminar mis días de manera gloriosa, encontré este espantoso cementerio de inspiraciones y de musas.

Y eso me produjo una tristeza infinita.

Y comencé a llorar.

Y mis lágrimas anegaron la tierra, regando las raíces de los versos que en ella estaban hundidas.

Y los versos, antes inertes, al sentir la humedad de mi alma en cada lágrima que los tocaba fueron cobrando vida.

Y florecieron.

Y lo que antes fuera un gris desierto, un triste cementerio, de repente se tornó ante mis ojos en el más hermoso de los jardines del universo entero.

Así que pensé:

Ya no me importa encontrar mi verso entre todos estos, porque ahora todos son una unidad indivisible, un gigantesco poema, un poema descomunal, tan grande como el grande y ancho mundo, al que cada uno de nosotros, pobres poetas olvidados, ha aportado su propio y diminuto verso.

¿No es este el idóneo lugar para inmolar mi carne al fuego y que mi alma por fin alcance el postrero descanso?

Así que, en medio de aquel inmenso jardín, mi cuerpo rocié con hidromiel, y lo prendí con una chispa de ingenio.

Y ardí, y las llamas se elevaron hacia el cielo, mucho más altas sin duda de lo que jamás un solitario verso hubiera podido llegar jamás.

Y así, convertido en humo y cenizas que cabalgaban con el viento, pude al fin tomar el cielo por asalto.

4 comentarios:

  1. Exhausto me dejaste pero valió la pena vive dios, aunque tus llamas me calentaron los pies, mientras estaba sentado en una nube, contemplando tan bello valle de poemas.
    Saludos.

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    1. Pues si estabas en una nube igual el verso que al cielo disparé casi te rozó, y por te paraste a ver...

      Muchas gracias por tus palabras.

      Saludos.

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  2. Una preciosidad. Me has recordado un poco a Héctor defendiendo Troya y a Ícaro cayéndo con las alas ardiendo. Sin duda tomó el cielo, igual que tú con tu escritura, Alfredo :)

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    1. Muchísimas gracias, Holden, me alegro muchísimo de que te haya gustado. Nos leemos.

      Un saludo.

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